
12:35- Llegó a la parada de autobús. Un hombre, muy alto y fuerte, de aspecto sucio, con melena y pendiente de oro en la oreja, está esperando al mismo bus que yo. Hay algo en el que me repele. Cada vez que pasa una chica, la sigue con la mirada cual alcohólico a su copa de cognac. En algunos casos, les lanza delicadas palabras como "chochete", "ai, que te comía yo to'". Definitavamente me repele. Ecs.
12:45- En el autobús, se sienta detrás de mi. Respira tan profunda y exasperadamente que su aliento me llega a la nuca. En qué día me habré hecho una coleta... Ecs. Sus expiraciones son tan fuertes que me cuesta concentrarme en otra cosa. Me está empezando a desesperar, creo que me voy a cambiar de sitio. Pero se calma y consigo evadirme. Me quedo absorta pensando en mis problemas, los de siempre, mirando la Barceloneta desde el autobús, aunque sin verla.
13: 05- El hombre se levanta de repente apoyándose en mi hombro. Un chico de mi edad, con una carpeta azul en la mano, se ha desmayado y el hombre ha salido en su ayuda. Rápid, decidido, no ha dudado un segundo. Le ayuda a estirarse en el suelo, le pone los pies en el aire y le abanica con un periódico que coge del suelo. "Debe haber sido el calor", dice, "hay mucha gente en el autobús". Es verdad. Me he abstraído tanto que ni me he dado cuenta de que ya estábamos en el Paralelo y que el bus iba a petar de gente.
13:10- Vaya. ¿Y yo, qué estoy haciendo? Nada. Saco la botella de agua y se la ofrezco al hombre. Da de beber al chico, parece que recupera el color. Me da las gracias como si le acabara de salvar la vida a él mismo. Me las da a mi, que no me he levantado, sino que he dejado que él actúe ya que parecía tener la situación controlada a la perfección. Qué aplomo. Él, el sucio, misógino, maleducado y exasperantemente molesto.